En estos tiempos que corren, ver una buena pelea a navajazos ya no está al alcance de todos.
Hace años, cuando uno tenía una necesidad insatisfecha de ver sangre en directo, lo único que había que hacer era pasearse por cualquier colegio y estar la tanto de las peleas concertadas a la salida. En la época de mayor auge de las bandas (hablo de los años cincuenta, en Tenesse concretamente) siempre había alguna sesión de venganzas, desafíos y palizas gratuitas, que se celebraban, siempre a puertas abiertas, frente a las puertas del centro de enseñanza.
Hoy día, sin embargo, esta generación postgeneracional, carente de identidad más allá de las modas, las marcas y la tecnología, ha perdido las formas, la educación y el respeto al público.
Hoy día, señores, si dos alumnos se miran mal, en lugar de apalabrar un encuentro fuera del centro, fuera de horario lectivo, emiten un sordo gruñido de complacencia salvaje y se golpean.
¡Se golpean, señores, sin avisar! ¡Patadas, puñetazos, agarrones, arañazos, mordiscos, codazos! ¡¡Y sin avisar...!!
Y ocurre lo que tiene que ocurrir, por supuesto, que un alumno le abre a otro la cabeza sin que la mayoría de público potencial acierte siquiera a estar cerca, perdiéndose ese divino momento en el que la sangre baña el suelo y las camisetas, ese momento en el que las damiselas se desmayan, las novias lloran (o gritan), los amigos corean y animan, los profesores entran en el mar de rabia a separar a los contendientes...
Y todo ello ocurre casi a escondidas, sin la presencia de un corredor de apuestas. ¿A qué nivel de barbarie hemos llegado, Dios mío, si ya se ha perdido el noble arte de las apuestas entre caballeros?
Señores, el Apocalipsis ya ha llegado a nuestras aulas, lo que ocurre es que ha venido en silencio, sin avisar, y no nos hemos dado cuenta.
Como un cuñado cuelquiera.